Mi formación como fotógrafo fue autodidacta hasta 1987, año en que me matriculé en una escuela profesional para aprender el oficio. Pocos meses después de terminar los estudios trabajé como fotógrafo para una agencia especializada en reportaje social. Fueron dos años intensos, con más de veinte mil fotografías tomadas en bodas, bautizos, comuniones y actos de empresa de diversa índole; varios cientos de reportajes en los que aprendí a captar el momento y a pasar desapercibido. En paralelo fui perfeccionando mi técnica con la cámara de gran formato (una de mis grandes pasiones) y con la iluminación de estudio al tiempo que mejoraba mis resultados con el revelado y positivado en blanco y negro. 

Durante un largo periodo de tiempo estuve apartado de la fotografía como medio de expresión creativa. Cuando retomé la actividad, a finales de dos mil ocho, todo había cambiado y tuve que familiarizarme con el nuevo entorno digital. Actualizar conocimientos no fue tarea fácil, aunque si gratificante a nivel personal porque me permitió explorar y entender las capacidades creativas que me proporcionaba el nuevo medio. Pero no me bastaba con conocer el nuevo entorno de trabajo sino que también tenía que sentirme cómodo con él y ese aspecto, que considero fundamental, no he llegado a conseguirlo. 

No por ello me siento anclado al pasado ni me siento como un nostálgico defensor a ultranza de los viejos métodos de trabajo, pero a la hora de componer mis imágenes me gusta elegir las herramientas en función del resultado que espero obtener y me gusta también seguir mi propio camino al margen de las tendencias dominantes. Por esa razón, y sin renunciar a los medios digitales, he vuelto a experimentar con los procesos fotoquímicos a la hora de captar mis imágenes, incluidos los procesos que marcaron el inicio de la fotografía entre finales del siglo XIX y principios del XX.
    
Arman